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Introducción
Con este artículo queremos mostrar cómo el concepto de “narcisismo” aplicado a la crítica cultural genera una serie de problemas conceptuales que lo alejan del realismo. Sin embargo, se trata de un intento teórico de describir un fenómeno cultural que realmente está teniendo lugar en nuestros días. Por eso nos interesa explorar la capacidad explicativa del concepto de “autenticidad” utilizado por el filósofo Charles Taylor, ya que parece dar razón de nuestra situación, reconociendo el problema cultural que se plantea, a la vez que evitando las contradicciones derivadas de asumir el modelo inmanentista freudiano, que nos llevarían a una afirmación de ineluctable apocalipsis que, creemos, no describe la situación actual.
Así, en primer lugar, haremos una brevísima presentación teórica de lo arriba explicado (puntos 1 y 2), para pasar después a ilustrarlo a través del contenido de diferentes películas de nuestro cine posmoderno. Porque en una narración cinematográfica se nos entrega de una forma intuitiva e inmediata, sensible, lo que en un tratado especulativo o filosófico requeriría numerosas páginas[i].
1. El narcisismo cultural y su círculo vicioso
Entendemos aquí el narcisismo como una afección del sujeto según la cual la alteridad perdería relevancia ontológica con respecto a la existencia del yo. Se trata así de un endémico debilitamiento del nexo entre el yo y el otro, debido a que el sujeto se concibe a sí mismo como su propio ideal. Teniendo en cuenta esto, podemos reconocer que son básicamente dos los modos de afirmar el narcisismo en el mundo de la crítica cultural: el optimista (Marcuse, Lipovetsky) y el apocalíptico (Freud, Lasch, Anatrella, MacIntyre, Bloom, etc.).
El modo optimista vendría a decir que el narcisismo cultural generalizado no supone ningún problema moral. “Es una ilusión creer – afirma Lipovetsky- que la sociedad individualista se desliza ineluctablemente hacia la permisividad generalizada”[ii]. Se trataría simplemente de la irrupción de la nueva civilización erótica de la que habla Marcuse en Eros y Civilización[iii], o de lo que Lipovetsky llama “civilización del deseo”[iv]. La vieja moral desaparecería como opresora y aparecerían unos nuevos límites éticos basados en una preocupación por la “higiene” y por el “desarrollo personal”. La nueva moral, por tanto, no tendría un fundamento racional, sino que sería una simple regularidad democrática, una mera “interiorización de las normas colectivas”[v].
Sin embargo desde la segunda postura, la apocalíptica, en la línea de las jeremiadas freudianas de El malestar en la cultura, nos encontramos con la enunciación de los peligros de un mundo narcisista, que opta por determinarse exclusivamente por el principio de placer. Allan Bloom[vi] nos enumera los peligros del relativismo; MacIntyre afirma que la cultura occidental ha sido desarbolada por el emotivismo y por el individualismo, que ha fragmentado la sociedad y nos ha alejado de la tradición de tal modo que se ha hecho imposible una fundamentación moral. “Pese a los esfuerzos de tres siglos de filosofía moral y uno de sociología –afirma MacIntyre-, falta cualquier enunciado coherente y racionalmente defendible del punto de vista liberal-individualista.”[vii] El mito de Narciso, según esta versión de la crítica cultural tiene un rostro mucho menos amable. Ya no se trata del niño nietzscheano que juega. Toni Anatrella, desde la psiquiatría social, lo sintetiza del siguiente modo: “Falta de interioridad, tendencia a la autoagresión y sexualidad primaria: estas tres crisis traducen una incertidumbre aún insospechada. Ahora deberemos calibrar las consecuencias de ese handicap contemporáneo que supone la incapacidad de establecer el sentido del Ideal.”[viii] Christopher Lasch intenta perfilar la diferencia entre el narcisismo y un simple egoísmo social describiendo sus rasgos de carácter asociados: “Dependencia de la calidez vicaria que otros nos brindan, mezclada con el temor a la dependencia, esa sensación de vacío interior, esa ira sin límites y reprimida y esos antojos orales insatisfechos”. Y sus características secundarias: “El seudoesclarecimiento autorreferente, la seducción calculada, el amor autodegradante y ansioso.”[ix]
El propio Anatrella[x], más sistemáticamente, detalla algunas de las consecuencias del narcisismo cultural: a) la negación de la autoridad, del principio de realidad freudiano, de la figura paterna[xi]; las nuevas relaciones amorosas efímeras o “líquidas”[xii]; la existencia de fenómenos de pertenencia englobados en lo que se denomina en sociología “neo-tribalismo”[xiii] o nuevas fuentes de “capital social”[xiv]; la fuga a los paraísos artificiales a través de la tecnología[xv], del consumo[xvi], de las drogas, etc.; el sadomasoquismo; la depresión; ... Así, cada una de estás características de nuestra cultura, es decir, de los comportamientos estándar de los habitantes de nuestra cultura, permitiría que fuésemos cada vez más narcisistas, porque, gracias a ellos, podríamos actuar siempre como si la parte de la realidad no apetecible no existiese. El simulacro, la simplificación sinecdóquica[xvii] constante de la realidad nos permitiría no salir nunca de la propia inmanencia de nuestra subjetividad, de la dictadura de los propios deseos.
Narciso es, pues, alguien cuya psicología es el producto de esa confusión entre el yo y el ideal del yo. Y, como decía Durkheim, la personalidad es el individuo socializado. Si esto es así, y parece que así se ve desde los esquemas teóricos tanto de Lasch como de Anatrella, el narcisismo cultural se convierte en sinónimo de apocalipsis, porque el individuo, irremisiblemente, es conformado patológicamente. Cuanto más narcisista sea una cultura más narcisistas serán sus habitantes cultivados en ella, con lo cual más narcisista todavía será dicha cultura. Si entramos dentro de ese círculo vicioso no es posible salir. Nos vemos abocados a una progresiva radicalización de la situación, a una decadencia, a un declive que se puede hacer infinito.
2. La lotta continua por la autenticidad
Nuestra intención es la de afirmar que tanto los optimistas como los apocalípticos tienen razón y se equivocan. Creemos que los optimistas tienen razón en afirmar que la moral no ha desaparecido sino que se ha transformado o naturalizado. Mientras que se equivocan en afirmar que eso no supone un malestar. Y creemos que, como contrapartida, los apocalípticos aciertan en reconocer la inadecuación que provoca esta nueva situación, mientras que se equivocan en abocar su análisis teórico a un círculo vicioso hacia la debacle.
Se trata pues de buscar alguna teoría que recoja los aciertos y esquive los errores tanto de optimistas como de apocalípticos. Charles Taylor y sus escritos encajarían en este perfil. Su concepto de “autenticidad” podría explicar de modo más realista lo que de verdadero hay en la teoría del narcisismo cultural. Lo que vendría a decir Taylor es que la modernidad se caracteriza por potenciar una concepción de la libertad muy peculiar, que él llama autenticidad. Ésta sería el ideal moral de la “autorrealización”, que consistiría en “ser fiel a uno mismo”[xviii], y “lejos de excluir relaciones incondicionales y exigencias morales más allá del yo, requiere verdaderamente de éstas en alguna forma.”[xix] Así, dicha autenticidad entraña, por un lado: “creación y construcción así como descubrimiento, originalidad, y con frecuencia oposición a las reglas de la sociedad e incluso, en potencia, a aquello que reconocemos como moralidad.” Pero también requiere “apertura a horizontes de significado -pues de otro modo la creación pierde el trasfondo que podría salvarla de la insignificancia- y una autodefinición en el diálogo.”[xx] Tal como lo ve Taylor, lo primero se identificaría con la libertad autodeterminada, pero la verdadera autenticidad requeriría también el cumplimiento de lo segundo.
De este modo, vemos cómo el narcisismo cultural vendría a resultar de esa exaltación de la parte formal de la autenticidad, que va unida al olvido de la parte material de la misma. Sería pues la malformación de algo que, para Taylor, es esencialmente positivo: el moderno deseo de autenticidad. Frente al inevitable inmanentismo de la explicación cultural narcisista, que nos llevaba irremediablemente al círculo vicioso en aceleración hacia un aciago fin, nos encontramos aquí con la posibilidad de reconocer el problema y la posible solución. No tenemos que negar el problema, como hacían los optimistas, o negar la posibilidad de una solución realista, como hacían los apocalípticos. Podemos reconocer la dificultad y descubrirnos en condiciones de afrontarla.
Lo que pretendemos en lo que sigue es evidenciar que el cine posmoderno de autor que retrata nuestra sociedad post-moralista también levanta acta de que todos los puntos que hemos detallado en la crítica cultural de nuestros días: a) existe un narcisismo cultural en nuestros días; b) esto genera un malestar que denota la obliteración del componente material de la autenticidad; y c) se habla de una apertura a la alteridad como vía para la superación realista del inmanentismo del narcisismo.
Con esto creemos colaborar en la lucha cultural que Taylor llama lotta continua “en torno al ideal de la autenticidad, definiendo su adecuado significado”. Se trata, como él bien dice de “poner de nuevo en pie al ideal que la motiva.”[xxi]
3. El narcisismo y su malestar en el cine posmoderno
El Narciso es alguien cuyo único ideal es él mismo. El ideal, por tanto, se empieza a convertir no en algo distinto del sujeto, propuesto por la comunidad a la que pertenece, y que se persigue libremente buscando la felicidad, sino en algo que el sujeto decide en cada momento bajo el efímero criterio de mi conveniencia o apetencia. Abre los ojos, de Amenábar (1997), tiene su base argumental en la posibilidad futurista de vivir la existencia según el dictado de los propios sueños. El aislamiento egológico es total. Hay muchísimos personajes del cine contemporáneo que padecen este cerramiento sobre ellos mismos: pensemos, por ejemplo, en el Juan Antonio de Vicky, Cristina, Barcelona (Woody Allen, 2008), o en los protagonistas de The dreamers (Soñadores)[xxii], de Bertolucci (2003), Remake[xxiii]de R. Gual (2005) o de The squid and the whale (Una historia de Brooklyn)[xxiv] de Noah Baumbach (2005). El individualismo narcisista del que habla Taylor es la característica principal de los personajes de estos films, personajes que, sucumbiendo a la dictadura de su instintividad, buscando “el lastimoso bienestar” nietzscheano, acaban cayendo en una profunda infelicidad.
Por otra parte, si el sujeto narcisista es el origen de su propio ideal, a la larga tendrá que intentar sepultar de algún modo la “angustia” que se generará en él al darse cuenta de su incapaz de responder a sus preguntas vitales. Para sepultar esta angustia se abren dos caminos: el suicidio o el olvido, tratados ampliamente en el cine contemporáneo. Por ejemplo, cabe señalar que en la edición de 2004 del Festival de San Sebastián en cinco películas de la sección oficial se suicidaba el protagonista. Por su parte, la opción del olvido tiene sus raíces en el hecho de que el narcisista vive la realidad como algo malo, en la medida en que ésta no se adapta al principio de placer. La sociedad de consumo se ofrece como un sustitutivo “oral”, como sucedáneo de la anhelada satisfacción. Fenómenos sociológicos como Sexo en Nueva York se basan en esa sacralización del bienestar y del consumo.
Entre el suicidio -opción radical- y el olvido -espejismo que se ofrece a las clases pudientes- se abre el inmenso terreno del malestar. La insatisfacción existencial llena de rencor y amargura atraviesa centenares de títulos de los últimos años. Baste citar películas como The Hours (Las horas) de S. Daldry (2002), Margot at the wedding[xxv] (Margot y la boda) de Noah Baumbach (2007), Mujeres en el parque[xxvi]de Felipe Vega (2006), Sarabande de Bergman (2003)...
Pero si hay un exponente emblemático del malestar contemporáneo es la crisis de la paternidad. La fractura del modelo familiar y la disolución del rol de padre hacia lo que los psicólogos sociales han denominado la “paternidad periférica” o sencillamente “paternidad ausente” han generado una sociedad sin padres, es decir, sin referentes de autoridad ni vínculos con la tradición en acto. Una persona sin vínculos filiales fuertes está condenada a vagar por el mundo en busca de una identidad, de unas raíces desde las que crecer. El cine contemporáneo propone cada vez más películas que abordan directamente la ausencia del padre y su búsqueda -o la búsqueda de una figura sustitutoria-. Pensemos en películas como The return (El regreso), de Andrey Zvyagintsev (2006), o Dear Frankie (Mi querido Frankie) de Shona Auerbach (2004), Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar (1999), Como un relámpago, de Miguel Hermoso (1996), Babel de González Iñárritu (2006), Grace is gone (La vida sin Grace) de James C. Strouse, (2008), Mon fils à moi (Mi hijo) de Martial Fougeron, 2006), Vete de mí de Víctor García (2006) no son más que algunos ejemplos.
Como ejemplo de búsqueda de figuras sustitutivas nutricias del padre es muy interesante Die Welle (La ola), de Dennis Gansel (2008). Esta impactante película nos cuenta lo que sucede en un instituto, cuando durante una semana al profesor Rainer Wenger se le ocurre la idea de un experimento que explique a sus alumnos cuál es el funcionamiento de los gobiernos totalitarios. En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de pertenencia grupal, se va convirtiendo en un movimiento neofascista real: La Ola. El personaje más interesante es el de Tim, y que encarna a un alumno que se siente muy poco querido en su casa. Su motivación principal es sentirse afectivamente acogido. Por eso le vemos regalar droga a sus compañeros de instituto, en vez de venderla, con el fin de “caer bien”, de sentirse valorado y apreciado. Él va a recibir la Ola como si se tratara de la anhelada respuesta al deseo de su corazón. Algo similar le va a ocurrir a Marco, que ante la infidelidad entre sus padres, aspira, en sus palabras, a una experiencia de “unidad”, algo que la Ola parece proporcionarle. En una sociedad de pertenencias precarias, de falta de estímulos, de desorientación referencial, la pertenencia “fuerte” a un grupo carismáticamente guiado se convierte en un apetecible espejismo al que agarrarse como un clavo ardiendo. Algo parecido es lo que ocurría en Elephant, de Gus van Sant (2003).
My first mister (Educando a J) de Christine Lahti, (2002) es otro buen ejemplo de figura sustitutoria del padre, es decir, de una paternidad ejercida fuera de relaciones biológicas, y como tal paternidad cumple una vital función educativa.
También se da la variante de la paternidad sin objeto, es decir, la búsqueda del hijo, el adulto que busca a alguien que le llame “padre”. Es el caso de Broken flowers (Flores rotas), de Jim Jarmusch (2005), Le chiavi di casa (Las llaves de casa), de Gianni Amelio (2004),... A medio camino entre la búsqueda del padre y la del hijo encontramos Un mundo menos peor de Alejandro Agresti (2004).
Como síntesis del colapso de la paternidad encontramos Before the Devil knows you're dead (Antes que el diablo sepa que has muerto) de Sidney Lumet (2007). Desde el esquema de una tragedia griega Lumet hace un terrible recorrido por las consecuencias últimas de la deconstrucción familiar. Aquí no se trata de una familia rota, sino una familia “normal”, pero con rencores, desafectos sin resolver, y con muy poca cercanía humana. Es una familia que se autodestruye, como Saturno devorando a su hijo; una familia en la que nada de lo que ocurre es justo, nada tiene que ver con la misericordia ni con el perdón. Por el film desfilan todas las lacras de la sociedad post-industrial: el afán incontrolado de dinero, el recurso a las drogas y al alcohol como fórmula para afrontar las circunstancias duras, el divorcio, el adulterio, la estafa,... y todo ello herméticamente envuelto en un celofán de soledad radical. El actor Albert Finney representa al padre, incapaz de llevar hasta el fondo el reto de su paternidad.
4. Del deseo de autenticidad a la superación del narcisismo en el cine posmoderno
Si el narcisismo se caracteriza por un círculo vicioso en el que el individuo se tiene a sí mismo y a su inmediatez instintiva como referente, su aislamiento es una consecuencia lógica. La relación con “el otro” va a ser siempre instrumental y supeditada a los intereses de la propia instintividad. Relaciones de poder, “usar y tirar” en el plano sexual, relaciones de posesión asfixiantes, incomunicación, violencia,... son declinaciones inevitables de la ego-lógica del narcisismo. Cualquier invasión de un “otro” que atente contra la ego-lógica e implique dolor debe ser evitada a toda costa. Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo al quebrantamiento -o al menos cuestionamiento- de esta actitud existencial y cultural que ha sumido al hombre contemporáneo en una radical soledad[xxvii].
La incomunicación en la pareja ha sido explotada hasta la saciedad en la filmografía de Ingmar Bergman desde los años sesenta. Los comulgantes (1962) ya aborda directamente ese temática, que llega a un punto álgido en Secretos de un matrimonio (1973), para terminar con Sarabanda (2003). El guión de Infiel, dirigida por Liv Ullman (2000) es también un ejemplo elocuente. Lo que sé de Lola (Javier Rebollo, 2006) es una película española que lleva al límite el tema de la imposibilidad de comunicación-relación[xxviii]. La película danesa Bang, bang, Oranguran (Simon Staho, 2005) es muy expresiva del proceso que describimos: Åke Jönsson es un exitoso hombre de negocios orgulloso de sí mismo, de su carrera profesional y de su cochazo... Un Narciso moderno perfecto. Hasta que un fatídico día, por un trágico accidente, su vida se viene abajo y pierde el amor de su mujer y su trabajo. Se da cuenta entonces de que su narcisismo le había llevado hacía tiempo a dejar de amar a su familia.
Esta película nos lleva de la mano de su personaje a una reflexión muy verdadera: hay que amar los dones de la vida antes de que nuestro egoísmo los arruine, a veces irreparablemente. “Tengo miedo de no tener a nadie a quien amar”, afirma el protagonista. Él, que sólo se había amado a sí mismo y a su imagen, se convierte en un “buscador” de alguien a quien amar, cuidar, alguien por quien dar la vida. Pero eso no está en sus manos, es otro don que no se puede planear. Por eso, la redención final vendrá de escuchar un “Te amo” agridulce, poco consolador, pero tremendamente real. El film es también un hermoso canto a los lazos paterno-filiales, tan poderosos como llenos de límite y contradicción.
La apertura al otro se vislumbra, pues, como la única posibilidad de romper el perímetro asfixiante que nos ha impuesto el paradigma narcisista. Pero una apertura que, antes de proponerse como búsqueda amorosa del otro, es más bien una búsqueda mendicante, el reconocimiento de una necesidad estructural de ser acogido y afirmado por otro. Al desaparecer el “yo auto-redentor” urge la búsqueda del “otro-redentor”. Esta redención no se plantea en términos escatológicos, sino como el anhelo de una experiencia de acogida, de ser físicamente abrazado. A pesar de su forma inmanentista, esta ruptura del cerco ego-lógico, permite redimensionar la condición humana en un marco antropológicamente más auténtico, que muestra la categoría de “apertura” como característica esencial del ser humano.
Son muchas las películas que proponen el abrazo físico como terapia sanadora y restauradora del orden humano pre-narcisista. Un abrazo que reconstruye los vínculos rotos y dinamita la soledad radical que antes describíamos. La película Crash (P. Haggis, 2004) nos ofrece un testimonio muy elocuente. Todas las tramas se basan en el rechazo de la diferencia, el odio al “diferente”, al “otro”. El diferente (el hispano, el chino, el musulmán, el negro,...) es una amenaza para una cultura narcisista que pretende que “el espejo” le devuelva la imagen de ella misma. En ese contexto nos fijamos en la subtrama del sargento Ryan, que había realizado unos tocamientos lascivos a Karen. Karen es negra y por tanto objeto natural de agresión para el racista Ryan. El agente se ve impelido unas secuencias más adelante a volver a abrazar a Karen castamente, para salvarle la vida. Ella es la que deberá superar su resistencia a dejarse abrazar por el antiguo agresor, y confiar en este nuevo abrazo puro y redentor. Recordemos el detalle de cómo Ryan, que anteriormente la había manoseado sus partes íntimas, ahora le baja púdicamente la falda para que no quede descubierto su muslo. Es muy elocuente el primer diálogo del film: ““Es la sensación de contacto. En cualquier ciudad por donde camines pasas muy cerca de la gente y esta tropieza contigo. En Los Ángeles nadie te toca. Estamos siempre tras este cristal. ¡Y añoramos tanto ese contacto!”
Especialmente elocuente es Babel (González Iñárritu, 2006). De los distintos abrazos que coronan algunas de las tramas del film, traemos a colación el que cierra la película porque integra además la cuestión de la paternidad: el padre “ausente” que abraza a su hija desnuda al borde del suicidio. Paternidad periférica, incomunicación, soledad,... rompen su hechizo cuando padre e hija inician un camino de mutua apertura que comienza con un contacto físico. Primero se dan la mano y luego, se vinculan con un mutuo abrazo que les acoge por completo. Un abrazo catártico en que expían con lágrimas su pasado de aislamiento.
Conviene recordar que el personaje de esta chica, interpretado por Rinko Kikuchi, es una muda, minusvalía que expresa persuasivamente la incapacidad de comunicación. El alejamiento interior de su padre le lleva a una incomunicación global, “cósmica”. Sin embargo ella expresa su deseo de comunicarse a través del sexo compulsivo. Buscando una relación sexual a cualquier precio, lo que realmente busca es un abrazo físico protector y sanador. En el fondo busca a su padre sin saberlo. Será en la escena final citada cuando ella experimente su verdadera necesidad a la vez que encuentra la respuesta.
Otra película que se propone en la misma dirección es La vida secreta de las palabras (Isabel Coixet, 2005). Ahí tenemos a una mujer, Hanna, cuya experiencia de sufrimiento límite en la guerra de los Balcanes, le ha llevado a un encerramiento sobre sí misma similar a un agujero negro. Ella hace bien su trabajo, pero no quiere que nadie entre en su vida. Ha perdido la fe en la alteridad y la soledad es para ella un refugio seguro. Su soledad no es fruto de un ingenuo endiosamiento, pero a fin de cuentas es una forma de autosuficiencia como otra cualquiera. Para ella el paso que le va a permitir abrirse existencialmente al otro -a Josef- está expresado cuando es capaz de enseñarle sus cicatrices sobre el pecho y el costado y Josef -cegado- palpa con sus dedos las heridas[xxix]. Ese primer contacto culmina con el abrazo final, que tras fuerte resistencia por parte de Hanna, hace añicos su torre de marfil y se entrega a compartir su vulnerabilidad.
Es realmente significativo que la canción que acompaña estas escenas sea la misma que cierra la película La princesa de Nebraska (Wayne Wang, 2007), una canción de Antony and the Johnsons que supone un grito que pide ayuda a “alguien” de fuera. Reza así: “Hope there’s someone who’ll take care of me when I die, will I go; Hope there’s someone who’ll set my heart free nice to hold when I’m tired. [...]”. Traducida dice así: “Espero que haya alguien que me cuide ¿iré allí cuando muera? Espero que haya alguien que libere mi corazón. Es lindo abrazar cuando estoy cansada. Hay un fantasma en el horizonte cuando me voy a dormir ¿Como puedo quedarme dormida a la noche? ¿Como daré descanso a mi corazón? Oh, estoy asustada en un lugar entre la luz y la nada; no quiero ser la única que quede allí. Hay un hombre en el horizonte quisiera irme a dormir. Si caigo a sus pies esta noche,¿dará descanso a mi cabeza? Así que espero no ahogarme o paralizarme en la luz.
[i] Cf. Juan Orellana, Como en un espejo, Madrid, Encuentro, 2007, p. 13.
[ii] Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama, 2000, p. 96.
[iii] Cfr. Herbert Marcuse, Eros y civilización, Barcelona, Ariel, 2003.
[iv] Gilles Lipovetsky, La felicidad paradójica, Barcelona, Anagrama, 2007, p. 7.
[v] Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber, p. 84.
[vi] Cfr. Allan Bloom, El cierre de la mente moderna, Barcelona, Plaza & Janés, 1989.
[vii] Alasdair MacIntyre, Tras la virtud, Madrid, Crítica, 2004, p. 318.
[viii] Tony Anatrella, Contra la sociedad depresiva, Santander, Sal Terrae, 1994, p. 24.
[ix] Christopher Lasch, La cultura del narcisismo, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1999, p. 55.
[x] Cfr. Tony Anatrella, Ibidem. Se puede encontrar un desarrollo sintético de estas consecuencias en el artículo: Jorge Martínez Lucena, “Las concepciones del tiempo y de la narración en una nueva generación de cineastas”, en Recercat, http://www.recercat.cat/handle/2072/5254, 6-11-2008.
[xi] Cfr. Claudio Risé, Il padre l’assente inaccettabile, Milano, San Paolo, 2003.
[xii] Cfr. Zygmunt Bauman, Amor líquido, Madrid, FCE, 2005.
[xiii] Cfr. Michel Maffesoli, El tiempo de las tribus, Barcelona, Icaria, 1990.
[xiv] Cfr. Robert D. Putnam, Sólo en la bolera, Madrid, Galaxia Gutenberg, 2002.
[xv] Cfr. Tomás Maldonado, Crítica de la razón informática, Barcelona, Paidós, 1998.
[xvi] Cfr. George Ritzer, El encanto de un mundo desencantado, Barcelona, Ariel, 2000.
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